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Hay gestos que delatan la entraña moral de un individuo y, más aún, de una sociedad. La crueldad absolutamente injustificada con que el presidente Daniel Noboa presentó al exvicepresidente Jorge Glas, en un show mediático de traslado carcelario, no fue un acto de justicia, sino de exhibición del poder. No había necesidad jurídica, ni urgencia institucional; solo una voluntad de humillar al adversario. Y cuando la justicia se teatraliza, deja de ser justicia para convertirse en ritual de dominación.

Ese gesto no es aislado. Tiene su eco en las caricaturescas apariciones de personajes como Castillo, otrora cercano al correísmo y hoy bufón del poder de turno; en el comportamiento displicente de la madre de Anabel Azín, asambleísta sin pruritos éticos al incumplir sus deberes básicos —como la asistencia y la representación responsable—; o en el matrimonio Lama, él y su esposa alternándose cargos legislativos, mientras su entorno mantiene intereses vinculados al IESS.


No son casos distintos; son síntomas de una misma enfermedad: la cultura mafiosa del poder.

¿Qué es una mafia?

El término “mafia” designa, en su sentido más amplio, un modo de organizar el poder desde la lealtad personal y el interés particular, en lugar de la ley y el bien común.


No se trata necesariamente de una banda criminal, sino de una red que captura las instituciones públicas y las pone al servicio de un grupo, un clan o una familia. Su estructura no es jurídica sino afectiva; su moral no es ética sino utilitaria.


La mafia política no necesita armas: le basta el miedo, la complicidad y la impunidad.

Sus rasgos son reconocibles:

  • El poder se sostiene por favores y silencios, no por mérito ni verdad.
  • Las funciones públicas se heredan o intercambian como propiedad privada.
  • La justicia se convierte en espectáculo: se castiga no para corregir, sino para exhibir.
  • Los medios se usan para aniquilar simbólicamente al enemigo.
  • Y, sobre todo, el cinismo reemplaza a la conciencia.

De la política al feudo

La política ecuatoriana, desde hace décadas, ha ido degradándose en ese terreno. Los partidos se comportan como familias extensas que reparten cargos entre allegados. Las instituciones se convierten en feudos donde el funcionario no responde al pueblo sino al patrón que lo colocó. En este contexto, la humillación pública de un adversario —como la de Glas— no es un exceso: es un mensaje disciplinador. En la lógica mafiosa, se castiga a uno para que los demás aprendan quién tiene el poder.


El Estado se vuelve un escenario donde el líder actúa, los súbditos aplauden y los críticos son marginados.

Degradación moral: un espectáculo

El espectáculo del poder sustituye a la justicia. La apariencia sustituye al contenido. Así, la democracia se convierte en un teatro de máscaras, donde las instituciones son solo decorado. Los mismos que deberían cuidar el bien común actúan sin pudor ni sentido de responsabilidad. Y el ciudadano, acostumbrado al escarnio público y al chisme político, se vuelve espectador pasivo del cinismo.

En la raíz de todo esto hay una corrupción moral más profunda que la corrupción económica: la pérdida del sentido del otro. Cuando el otro —el adversario, el pobre, el ciudadano— deja de ser prójimo y se vuelve objeto, el poder se hace cruel. Por eso la tradición cristiana enseña que el verdadero poder es servicio, y que quien humilla al otro degrada su propia humanidad. La crueldad no es signo de fuerza, sino de vacío moral.

La mafia moral

¿Son una mafia? En el sentido estricto del crimen organizado, quizás no. Pero sí lo son en un sentido moral: una mafia de la motivación del comportamiento, donde el cinismo, la conveniencia y el miedo sustituyen a la conciencia, la verdad y la justicia. Es la mafia de los que se encubren, se reparten el botín del Estado, o manipulan la ley según sus intereses. Una mafia política que se justifica con discursos de modernidad, eficiencia o patriotismo, pero cuyo verdadero credo es el “todo vale mientras conserve mi puesto”: mientras tenga el poder.

El poder como espejo

Cada generación revela su propia moral en la forma en que ejerce el poder. La crueldad exhibida por Noboa no es solo un error político; es un espejo de esas sociedad de privilegio oligárquico. Refleja la fragilidad ética de una sociedad que tolera el abuso mientras lo vea envuelto en espectáculo.


Cuando los ecuatorianos entiendan que la dignidad del enemigo -mucho más si es político- es la medida de su propia justicia, habrá empezado a salir del círculo mafioso del poder.