En la vida política, social y religiosa contemporánea se observa con frecuencia una tendencia a relativizar la verdad, no en el sentido filosófico de la pluralidad de perspectivas, sino como negación de su valor en cuanto horizonte común. No se trata de la complejidad propia de los debates públicos, sino de un fenómeno más radical: la verdad deja de interesar como búsqueda compartida y se convierte en un recurso instrumental al servicio de intereses previamente asumidos. En consecuencia, el otro —con su palabra y su experiencia— no es reconocido como interlocutor, sino deslegitimado como adversario e incluso como enemigo.
Este artículo analiza dicho fenómeno desde una triple perspectiva: política (Hannah Arendt), filosófica (Michel Foucault) y teológica (Doctrina Social de la Iglesia, con énfasis en el magisterio del papa Francisco). El objetivo es mostrar cómo la negación de la verdad erosiona la convivencia democrática y la vida comunitaria, y cómo la recuperación de su valor compartido constituye condición indispensable para la construcción del bien común.
La deslegitimación del otro como negación de la verdad
En los contextos en los que prima la lógica del poder sobre la búsqueda de la verdad, el discurso ajeno no es percibido como una oportunidad de contraste, sino como un riesgo. La alteridad se invalida antes incluso de escucharla: el otro no tiene razón porque se ha decidido que su sola posición lo convierte en enemigo. Esta actitud no nace de la solidez argumentativa, sino de una creencia asumida por conveniencia, inventada o transmitida por figuras de autoridad. El resultado es una comunidad fragmentada, incapaz de sostener un diálogo auténtico.
La verdad como construcción instrumental de poder
Hannah Arendt (1961) señaló que cuando la verdad factual es sustituida por narrativas ideológicas, se destruye la base sobre la cual es posible la vida política como espacio de encuentro. Michel Foucault (1980) profundizó en esta crítica al mostrar que los discursos producen “regímenes de verdad”, es decir, marcos de sentido que legitiman relaciones de poder. En este sentido, la verdad deja de funcionar como criterio objetivo y pasa a ser moldeada para justificar intereses particulares. Lo que está en juego no es solo la interpretación de los hechos, sino la posibilidad misma de una convivencia basada en la confianza mutua.
Perspectiva teológica: verdad, fraternidad y bien común
Desde la Doctrina Social de la Iglesia, la verdad es inseparable de la justicia, la paz y la solidaridad. El papa Francisco, en Fratelli tutti (2020, n. 201), advierte que “cuando se absolutizan los propios intereses y se desfigura la verdad, la convivencia se rompe”. En esta línea, el compromiso con la verdad no es una opción secundaria, sino condición para que las relaciones sociales se sostengan sobre bases éticas y espirituales sólidas. La verdad, entendida como búsqueda común, permite superar la manipulación ideológica y abrir caminos de fraternidad.
El abandono de la verdad como horizonte compartido conduce a la instrumentalización del discurso, a la deslegitimación del otro y a la consolidación de dinámicas de poder que destruyen la confianza social. Frente a ello, resulta indispensable recuperar la verdad como fundamento de la vida política y comunitaria.
La filosofía política (Arendt), la crítica del poder (Foucault) y la teología social (Francisco) coinciden en señalar que sin verdad no hay diálogo, sin diálogo no hay comunidad, y sin comunidad no hay futuro compartido. La verdad no es un accesorio ni un recurso al servicio de intereses particulares, sino la condición misma para que la convivencia democrática y fraterna sea posible.