El itinerario de Jesús hacia Jerusalén no es únicamente un desplazamiento físico, sino un camino espiritual y pedagógico. Sabe que allí le esperan el sufrimiento y la muerte a manos de los paganos, pero no se encierra en su propio destino: lo comparte como enseñanza para sus discípulos y para toda la humanidad.
En este caminar, Jesús presenta los bienes que el ser humano debe cultivar, cuidar, promover y conservar, y al mismo tiempo señala con claridad aquello que causa daño y conduce a la destrucción. Su enseñanza tiene como horizonte una existencia plenamente humana, realizada en la dignidad de cada persona.
Se trata de una labor exigente, que requiere esfuerzo y se despliega en un tiempo limitado: la vida. Por eso Jesús insiste en que las palabras, los deseos y los sentimientos, sin obras concretas, carecen de realidad. Lo esencial es la acción que construye el bien. Comprender el Evangelio sin ponerlo en práctica, saber lo que hay que hacer y no hacerlo, es colocarse del lado de la iniquidad, convertirse en colaborador del mal.
Así, Jesús deja en claro que el seguimiento no es un ejercicio retórico, sino un compromiso de vida: trabajar con dedicación y valentía en la edificación del Reino, donde cada acción a favor del bien es signo de la victoria sobre el demonio y la injusticia. Además, aquí se juega la autenticidad de la evangelización, porque si se limita a discursos y palabras sin obras, se convierte en un anuncio vacío, carente de la vida que solo otorga el Espíritu Santo.
Excelente felicitaciones a su Autor P. Fermín Sandoval