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Origen oscuro de la policía

“La corrupción de lo mejor es lo peor.” Esta antigua sentencia nos recuerda que cuando quienes están llamados a proteger se corrompen, el daño a la sociedad es profundo. La policía, en las democracias modernas, está llamada a ser garante de derechos. Pero, ¿cuál es su origen histórico? ¿Nació para servir al pueblo o para reprimirlo?

La policía en las ciudades-estado griegas

En la Atenas clásica, cuna de la democracia, existía un cuerpo de vigilancia conocido como los “arqueros escitas”, integrado por esclavos públicos. Estos no eran ciudadanos, y precisamente por eso se les asignaba tareas de represión, vigilancia y control del orden. Eran considerados aptos para ejercer la fuerza sin manchar la dignidad del ciudadano libre.

Su función no era proteger, sino imponer. Eran esclavos al servicio del orden, que debían tratar con sumisión a los ciudadanos libres, quienes eran sus amos. Así, la fuerza no nacía de un pacto social, sino de una estructura desigual y excluyente.

De la república al absolutismo

Durante siglos, en la Europa medieval y moderna, las policías surgieron como brazos del poder real. Su propósito era proteger al soberano, garantizar el cobro de tributos y controlar a la población. No había derechos humanos ni ciudadanía universal. La fuerza se usaba para mantener el poder, no para cuidar a los vulnerables.

La palabra “policía” se asocia originalmente con el orden público, pero en contextos monárquicos se tradujo en represión del desorden entendido como disidencia, pobreza o crítica al rey.

¿Y en América Latina?

Durante la colonia, los cuerpos policiales cumplían funciones similares: proteger el sistema, garantizar la esclavitud, mantener el control de las castas. Incluso en los primeros tiempos republicanos, la policía servía a las élites criollas más que al pueblo. El imaginario de “el poder que cuida” era más ideal que realidad.

¿Qué arrastramos hoy?

Esta herencia histórica no es inocente. Muchas policías del mundo conservan una cultura autoritaria, jerárquica y despreciativa del ciudadano, especialmente del pobre, del indígena, del que protesta. La lógica de «obedecer sin cuestionar» sigue viva, más cerca del absolutismo que de la democracia.



¿Puede una institución nacida para someter convertirse en garante de derechos? ¿Qué transformaciones profundas hacen falta para que la policía sea verdaderamente democrática?