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La oferta de títulos universitarios en el Ecuador se ha multiplicado. No solo las instituciones que operan dentro del país, sino también universidades extranjeras que, gracias a convenios o plataformas digitales, ofrecen programas en línea, maestrías exprés y títulos que prometen transformar la vida de quienes los obtienen.

¿Pero qué ocurre después de la graduación? ¿Qué pasa cuando el papel —el diploma— llega a manos del nuevo «especialista»?

Más allá de sumar títulos a los nombres de las personas, lo que preocupa es el contenido. Hay títulos que rozan lo ridículo por lo inflado de su nombre y lo pobre de su formación. Lo más bizarro no es el título en sí, sino la ausencia de conocimientos, habilidades y capacidades reales en quienes lo ostentan. Se habla de «formación integral», de «capacidades críticas», de «gestión de proyectos», pero todo queda en el papel. Los resultados, los aportes concretos, el impacto social… simplemente no llegan.

Lo preocupante es que se genera una masa creciente de personas tituladas que ocupan espacio —incluso posiciones de poder— sin mostrar la mínima maestría en el desempeño. Muchos no resuelven problemas, no aportan innovación, no generan comunidad. Lo único que brilla es el cartón en la pared, pero no la capacidad de transformar realidades.

Y no se trata de despreciar la educación —todo lo contrario—. Se trata de defender su valor. Un título debería ser la confirmación de una competencia, no una máscara. No basta con estudiar, hay que aprender. Y no basta con aprender, hay que servir. Porque el verdadero conocimiento no es el que se acumula, sino el que se comparte y transforma la vida de otros.

Hoy más que nunca necesitamos personas capaces de enfrentar los desafíos reales del país: pobreza, exclusión, violencia, desempleo, corrupción. No necesitamos más titulados que repitan teorías sin contexto ni sentido crítico. Necesitamos ciudadanos con conciencia, oficio y ética.

No es lo mismo tener un título que desempeñar una capacidad con maestría. Y esa diferencia marca el rumbo de una sociedad que aún está a tiempo de tomarse en serio la educación como camino hacia el bien común, y no como mercancía para adornar egos o escalar en el sistema.

“El problema de la educación hoy no es cuántos títulos se entregan, sino cuántas vidas se transforman con lo aprendido.” — F. H. Sandoval