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En tiempos de sinodalidad, el modo como usamos la palabra no es un detalle menor. La Iglesia está llamada a caminar unida, a escucharse mutuamente, a discernir la voluntad de Dios en comunidad. Pero este camino se entorpece cuando la palabra se degrada, cuando se convierte en murmuración, en juicio encubierto, en susurro venenoso que divide y hiere.

La murmuración no es una forma de comunicación; es una deformación. No busca la verdad ni la construcción común, sino la descalificación desde la sombra. Por eso, no puede ser parte del camino sinodal, ni mucho menos puede ser usada en la oración. Jesús nos lo advierte con fuerza: “Cuando vayan a orar, no hablen mucho como los paganos… el Padre sabe lo que necesitan” (Mt 6,7-8). La oración verdadera exige autenticidad, sencillez y transparencia. Todo lo contrario de la palabra murmuradora, que es ambigua, interesada y escondida.

El camino sinodal es un llamado a recuperar la dignidad de la palabra, no como herramienta de poder o manipulación, sino como lugar de comunión. Para eso, necesitamos al Espíritu Santo. Sin Él, nuestros diálogos son estrategias; con Él, son encuentros. Sin su luz, nuestras palabras oscurecen; con su presencia, se vuelven lámparas en el camino.

Como afirma el Documento preparatorio para el Sínodo sobre la sinodalidad:

“Caminar juntos solo es posible si se parte de la escucha comunitaria de la Palabra y de la celebración de la Eucaristía, y si se deja que el Espíritu guíe nuestros pasos para tomar decisiones verdaderamente eclesiales” (n. 26).

Orar en clave sinodal es invocar al Espíritu Santo como don que cura nuestras lenguas heridas y nuestros oídos cerrados. Él purifica lo que decimos y cómo lo decimos. Nos enseña a hablar desde el amor y no desde la frustración, a escuchar con respeto y no con sospecha, a callar cuando es prudente y a hablar cuando es justo.

El Papa Francisco ha insistido en que una Iglesia sinodal es una Iglesia de la escucha:

“Es una escucha recíproca en la que cada uno tiene algo que aprender. Pueblo fiel, colegio episcopal, Obispo de Roma: unos a la escucha de los otros; y todos a la escucha del Espíritu Santo” (Evangelii Gaudium, 171).

La sinodalidad comienza con una conversión de la palabra. No puede haber camino conjunto si no se sana primero la forma en que nos dirigimos unos a otros. La Iglesia sinodal necesita palabras habitadas por el Espíritu, no por el resentimiento. Diálogos abiertos, no susurros culpables. Testimonios compartidos, no chismes camuflados de opinión.

Como recuerda Episcopalis Communio, el proceso sinodal exige “valentía para hablar con libertad, humildad para escuchar y docilidad al Espíritu” (n. 6). Esta es la verdadera pedagogía de la palabra eclesial: una palabra que no murmura, sino que edifica.

Solo cuando la palabra sea auténtica —porque viene del Espíritu y lleva al encuentro— podremos avanzar juntos. Porque caminar sinodalmente es hablar, escuchar y discernir en comunión. Y esa comunión comienza en la oración, donde la palabra se hace limpia, verdadera y fecunda.