El caso crítico de la cultura y el patrimonio en Ecuador
Un Estado eficiente no se improvisa. Requiere un gobierno igualmente eficiente, compuesto por funcionarios públicos capacitados, guiados por objetivos claros, respaldados por conocimiento técnico, evidencia empírica y compromiso ético. La eficiencia estatal no equivale a recortes arbitrarios, ni al achicamiento ciego de estructuras públicas, sino a una administración que maximiza el bienestar social con inteligencia, planificación y visión de largo plazo.
En Ecuador, el caso de la cultura y el patrimonio resulta particularmente patético. Las decisiones gubernamentales más recientes, como la supresión o debilitamiento de instituciones culturales, la pérdida de cientos de plazas de trabajo y el abandono sistemático de espacios patrimoniales, muestran una falta alarmante de comprensión sobre el valor estratégico de este sector.
Un país que no comprende su riqueza simbólica está condenado al extravío.
Lejos de ser un gasto innecesario, la cultura y el patrimonio constituyen inversiones clave para el desarrollo humano y económico. La cultura representa aproximadamente el 3% del PIB mundial, según datos de la UNESCO. En América Latina, países como México, Colombia y Argentina han desarrollado industrias culturales que generan decenas de miles de empleos y dinamizan el turismo, la educación, el comercio, el diseño y la innovación tecnológica.
En Ecuador, según datos del SRI y del Ministerio de Cultura (años previos a la pandemia), el sector cultural y creativo movía más de $2.000 millones anuales, incluyendo actividades editoriales, musicales, audiovisuales, escénicas y artesanales. Más de 200.000 personas estaban directa o indirectamente vinculadas a este ecosistema. Cada plaza de trabajo eliminada no solo implica una tragedia humana, sino una pérdida de capital social, de memoria, de proyección estratégica.
Sin embargo, hay sectores que aplauden el desmontaje institucional, creyendo que con ello se ahorra o se castiga la «inutilidad burocrática». Esa visión miope olvida que muchos de estos trabajadores no solo realizan tareas administrativas, sino investigación, formación, acompañamiento comunitario, conservación patrimonial, mediación artística y producción cultural con impacto real y mensurable.
Empeorar la situación económica a través de recortes mal pensados es una irresponsabilidad, sobre todo cuando se actúa por ignorancia, ideología o desprecio hacia el conocimiento. El verdadero ahorro estatal se logra optimizando, no destruyendo. Se mejora gestionando con visión, no con improvisación. Un país que desfinancia la cultura, desfinancia su futuro.
Ejemplos regionales:
- En Colombia, la política de economía naranja promovió incentivos para industrias creativas, generando un crecimiento sostenido del sector cultural (aunque con críticas por su ejecución, mostró resultados medibles).
- En Uruguay, la Dirección Nacional de Cultura fomenta la participación ciudadana en políticas culturales, articulando entre gobierno, sociedad civil y academia.
- En Chile, la Subsecretaría de Patrimonio no solo protege sitios históricos, sino que los vincula con el desarrollo regional y educativo.
Ecuador, en cambio, parece ir en sentido contrario: desmantelar sin propuesta, despedir sin análisis, degradar sin evaluar. La eficiencia estatal no se logra reduciendo el Estado a un cascarón, sino convirtiéndolo en una estructura lúcida, digna y capaz.