Simón Espinosa Cordero representa a una generación de intelectuales ecuatorianos formados bajo el influjo de instituciones religiosas, en particular la Compañía de Jesús. Muchos de estos hombres alcanzaron cierto renombre por su formación rigurosa, su dominio del lenguaje y su familiaridad con las corrientes filosóficas y políticas europeas del siglo XX. Sin embargo, esa erudición no siempre se tradujo en una comprensión profunda de la realidad ecuatoriana ni en un compromiso efectivo con la transformación de las condiciones de vida de los más desventajados.
En su discurso, no faltan las referencias al humanismo, a la justicia social o al pensamiento progresista. Pero en la práctica, muchos de estos intelectuales ocuparon un lugar ambiguo en el panorama político e ideológico del país: se autodefinieron como de izquierda o como voces críticas del poder, pero su postura terminó encajando cómodamente en una cripto-derecha cultural, conservadora en el fondo, que funcionó más como dique de contención que como motor de cambio. Su influencia, lejos de fomentar un pensamiento genuinamente ecuatoriano, arraigado en el pueblo y sus luchas, muchas veces se limitó a la repetición elegante de ideas europeas descontextualizadas.
La llegada de Rafael Correa a la presidencia marcó una ruptura en el orden simbólico y político del país. Su discurso de renovación, su crítica al establishment intelectual y su confrontación con sectores tradicionales del poder tocaron una fibra sensible en figuras como Espinosa Cordero. Desde entonces, sus escritos revelan no solo una creciente parcialidad, sino también la incomodidad —rayana en la vergüenza— con los presupuestos ideológicos del grupo al que pertenece. Así, en lugar de asumir una autocrítica honesta o una revisión de su legado, algunos optaron por el repliegue o por una crítica superficial al nuevo orden, sin abandonar del todo los privilegios que el viejo les otorgó.