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Una cáscara puede ser hermosa. Lo es la de un huevo pintado en Pascua o la de una máscara cuidadosamente tallada. Pero sin vida dentro, sin verdad detrás, no deja de ser eso: una cáscara. Así también puede volverse la liturgia de la Iglesia: una expresión admirable, rica en símbolos, pero vacía si no brota de la conversión y de la vida evangélica.

Una liturgia sin el alma del Evangelio

Una liturgia sin la vida interior, sin el esfuerzo personal y comunitario de los bautizados por vivir la justicia, la misericordia y la humildad que pide el Evangelio (cf. Miq 6,8), se convierte en un teatro sagrado. Jesús mismo lo denunció: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí” (Mt 15,8).

Cuando la celebración no refleja un compromiso con la verdad, con el prójimo, con los pobres y con la comunidad, entonces es solo espectáculo. En palabras del Papa Francisco: “Una liturgia que no conduce al encuentro con Jesús no es liturgia cristiana” (cf. Desiderio desideravi, 10).

La incoherencia que hiere

En sociedades donde la corrupción se ha vuelto estructura y costumbre, donde no se hace el esfuerzo por leer ni comprender el Evangelio, donde quienes buscan vivir con coherencia son tildados de ingenuos o “exagerados”, la liturgia, por más solemne o bella que sea, corre el riesgo de convertirse en un sarcasmo.

Cuando los que celebran son los mismos que excluyen, manipulan, persiguen o se benefician de los poderes de este mundo sin una pizca de compunción, la celebración no es buena noticia, sino una máscara que oculta el rostro sufriente de Cristo.

¿Y el Ecuador?

En nuestro país, donde la fe popular sigue viva pero frecuentemente es manipulada, donde se mezclan devociones sinceras con espectáculos de poder, donde se impone una religiosidad sin justicia, también nuestra liturgia corre peligro.

No faltan ceremonias magníficas donde participan autoridades públicas que luego legislan en contra del bien común. Ni celebraciones eclesiales donde se omite toda referencia al sufrimiento de los pobres, a la violencia estructural o a las injusticias laborales. En estos casos, el Evangelio queda ausente y la liturgia se vuelve mímica sin alma.

Celebrar desde la coherencia

La liturgia tiene sentido cuando nace del pueblo que lucha, que carga cruces y que, a pesar de todo, cree. Cuando expresa la esperanza de una comunidad que se esfuerza por vivir en la verdad, aunque eso signifique ir contra la corriente. Es ahí donde la Eucaristía se vuelve semilla: porque alimenta y anticipa el Reino de Dios.

Como enseña el Papa Francisco: “La belleza de la celebración cristiana no es un embellecimiento superficial, sino la transparencia del amor de Dios” (cf. Desiderio desideravi, 22).