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¿Existen comunidades cristianas o solamente instituciones, prácticas religiosas y administradores de lo sagrado? La pregunta puede resultar insolente: ¿existen comunidades cristianas en el Ecuador?

No pregunto si existen católicos; es evidente que existen. Tampoco pregunto si tenemos diócesis, parroquias, obispos, sacerdotes, comunidades religiosas, movimientos, colegios, santuarios, procesiones, fiestas patronales y multitudes que reciben sacramentos.

La pregunta es más incómoda: ¿Existen comunidades que produzcan los frutos que el dueño de la viña espera recibir? Porque Jesús no dijo simplemente que la viña debía permanecer ocupada. Tampoco parece interesado en que sus administradores puedan exhibir una estructura impecable. En la parábola de los viñadores de Mateo 21,33-43 hay una cuestión decisiva: llegado el tiempo, el dueño envía a sus servidores a recoger los frutos.

La viña y los viñadores

La viña había sido confiada, no había sido regalada. Los labradores podían trabajarla, cuidarla y administrarla; lo que no podían hacer era apropiarse de ella. Quizá aquí comienza la dificultad: la viña no es de los viñadores.

Esta afirmación debería estremecer a cualquiera que tenga poder dentro de la Iglesia: la viña no pertenece al obispo, ni al sacerdote, ni al movimiento, ni a los dirigentes laicos, ni a una congregación religiosa, ni a una corriente teológica, ni a una determinada tradición pastoral.

Mucho menos puede convertirse en instrumento de un gobierno, un partido político, una familia poderosa, un grupo económico o una ideología. Todos somos, en el mejor de los casos, servidores temporales de una viña que pertenece a Otro.

El problema comienza cuando el servidor olvida que es servidor y el administrador se imagina propietario: distribuye espacios como favores, recompensa fidelidades personales, castiga discrepancias, aparta a quien incomoda y termina confundiendo la fidelidad al Evangelio con la fidelidad a su persona, a su grupo o a sus intereses. La perversión del poder comienza justamente allí: cuando aquello que fue encomendado termina siendo considerado poseído.

¿Y cuáles son los frutos?

También aquí podemos equivocarnos, podemos llamar fruto al número de bautismos, confirmaciones y primeras comuniones; podemos contar matrimonios, peregrinaciones, procesiones, asistentes a las misas y seguidores en las redes sociales. Todo aquello puede tener valor, pero nada de eso demuestra, por sí solo, que la viña esté produciendo los frutos del Reino.

Los frutos que aparecen continuamente en el Evangelio tienen otro sabor: justicia, misericordia, fraternidad, verdad, solidaridad, libertad, reconciliación, cuidado del pobre, defensa del pequeño, dignidad humana, paz.

Y entonces la pregunta comienza a doler: ¿Qué clase de cristianismo hemos construido si nuestras sociedades continúan produciendo exclusión, corrupción, violencia, desprecio, mentira y abandono?

La viña del Señor en el Ecuador

No es necesario convertir el Evangelio en un programa partidista para reconocer que la realidad ecuatoriana plantea preguntas morales graves. Distintos observadores internacionales describen actualmente instituciones democráticas ecuatorianas frágiles y señalan problemas relacionados con corrupción, independencia judicial, debido proceso y derechos humanos. Human Rights Watch, en su informe mundial de 2026 —referido principalmente a acontecimientos de 2025—, señaló además problemas estructurales persistentes de acceso a salud y empleo. Freedom House, desde su propia metodología, calificó a Ecuador como «parcialmente libre» en 2026 y señaló problemas de corrupción oficial, independencia judicial y libertades civiles. Son evaluaciones externas, con metodologías que pueden ser discutidas, y no sustituyen el discernimiento ciudadano; pero constituyen advertencias que merecen ser examinadas.

Esto resulta particularmente significativo porque la Constitución ecuatoriana define un proyecto político que coloca en el centro los derechos, la justicia social, la democracia, la educación, la salud, la inclusión y el buen vivir; reconoce, además, derechos de la naturaleza y la obligación de proteger sus ciclos vitales.

Por eso, la discusión no debería reducirse a defender o atacar a un gobierno. La cuestión es mucho más profunda: ¿Para quién existe el Estado? ¿Para garantizar las condiciones que permitan desarrollar dignamente la existencia humana? ¿O para facilitar primordialmente la acumulación, los negocios y los intereses de quienes poseen mayor capacidad económica y política?

Y, para nosotros los cristianos ¿Dónde está la Iglesia cuando esto se discute? Cuando la polarización secuestra la conciencia. La polarización es extraordinariamente útil para quien pretende capturar la conciencia: reduce la realidad a dos bandos, como si obligara a escoger una trinchera; impide matizar; convierte la crítica en traición y, finalmente, sustituye la pregunta fundamental —“¿esto es verdadero y justo?”— por otra completamente diferente: “¿esto favorece a los nuestros o a los otros?”.

Cuando semejante lógica penetra en las instituciones religiosas, las consecuencias pueden ser todavía más graves. La autoridad religiosa puede terminar legitimando proyectos políticos, no porque correspondan con las exigencias del Evangelio, sino porque representan determinados intereses culturales, económicos o ideológicos.

También, puede ocurrir lo contrario: convertir la Iglesia en instrumento de una ideología política de signo diferente. En ambos casos hemos cometido el mismo error: hemos entregado la viña a una facción. El Evangelio no pertenece a la derecha ni tampoco a la izquierda. No pertenece al gobierno ni a la oposición. Precisamente porque no pertenece a ninguno puede juzgarlos a todos.

Cuando el Evangelio se esfuma entre la religiosidad y el sacramentalismo, tenemos, además, otra dificultad: podemos terminar confundiendo cristianismo con religiosidad. La religiosidad popular posee una enorme riqueza humana y espiritual; contiene memoria, símbolos, afectos, pertenencia, identidad y formas mediante las cuales generaciones enteras han expresado su relación con Dios.

El problema comienza cuando la expresión religiosa deja de conducir hacia una transformación de la existencia: podemos llevar una imagen sobre los hombros y cargar, simultáneamente, desprecio contra nuestro hermano, podemos comulgar y explotar al trabajador, podemos confesarnos y continuar mintiendo, podemos financiar una fiesta religiosa y destruir un ecosistema, podemos rezar públicamente y utilizar privadamente nuestras influencias para obtener privilegios, podemos defender furiosamente una doctrina y permanecer completamente indiferentes ante quien no tiene medicamentos, educación, alimento o trabajo digno.

Los sacramentos corren entonces el peligro de quedar separados de aquello que significan, y el cristianismo termina reducido a prácticas religiosas sin consecuencias éticas.

Una especie de “teología del progreso”

Hay otra deformación particularmente seductora: identificar el éxito material con la bendición de Dios, una especie de “teología del progreso”. Según esta lógica, riqueza, crecimiento, emprendimiento, acumulación y éxito económico acabarían funcionando casi como señales de la bendición divina. El pobre, por contraste, comienza a ser sospechoso de su propia pobreza.

Y la desigualdad deja de interrogarnos porque el éxito individual termina convertido en criterio moral. No se trata de condenar la empresa, el emprendimiento, la propiedad o la legítima aspiración a prosperar.

La pregunta cristiana es distinta: ¿Al servicio de quién está la economía? Porque, desde el Evangelio, el dinero es un instrumento, nunca la medida de la dignidad humana. Una sociedad puede crecer económicamente mientras destruye comunidades; puede producir riqueza mientras concentra oportunidades; puede generar rentabilidad destruyendo ecosistemas; puede llamar progreso a aquello que condena a otros a vivir sin agua, salud, educación o futuro.

Precisamente por eso, la Constitución ecuatoriana reconoce derechos de la naturaleza y concibe la educación y la salud dentro del horizonte de los derechos y del buen vivir.

La pregunta cristiana no puede ser solamente: ¿Cuánto produce? Tiene que preguntar también: ¿Qué produce en la persona humana, en la comunidad y en la creación? Y entonces persiguen al incómodo. Aquí la parábola de la viña adquiere una inquietante actualidad, cuando llegan los enviados a pedir frutos, los viñadores reaccionan violentamente. ¿Por qué? Porque quien pregunta por los frutos amenaza la ficción de los administradores convertidos en propietarios.

En nuestras instituciones puede ocurrir algo parecido, aunque adopte formas distintas: quien pregunta, incomoda; el que denuncia, molesta; quien pide transparencia se vuelve sospechoso; quien recuerda el Evangelio puede ser etiquetado; quien exige coherencia puede ser marginado y quien intenta traducir las enseñanzas de Jesús en comportamientos sociales concretos puede descubrir, paradójicamente, que quienes más se incomodan son algunos de aquellos que administran las estructuras religiosas.

Entonces aparecen mecanismos conocidos: desacreditar, aislar, silenciar, excluir. No hace falta responder al argumento; basta con destruir la credibilidad de quien pregunta. Pero hay algo profundamente paradójico en una Iglesia que predica a los profetas muertos mientras sospecha de cualquiera que formule preguntas proféticas entre los vivos.

¿Dónde está, entonces, la comunidad? Quizá hemos cometido un error pastoral fundamental: hemos llamado comunidad a una circunscripción territorial, a quienes asisten a una celebración, a quienes pertenecen a un movimiento. Pero, estar juntos no significa necesariamente vivir en comunidad.

La comunidad cristiana comienza cuando el otro deja de ser un extraño; cuando podemos escucharnos; cuando nadie es descartado por pensar diferente; cuando compartimos responsabilidades; cuando defendemos la dignidad de quien no puede defenderse; cuando el pobre no es objeto de nuestra caridad, sino hermano y sujeto de su propia historia.

Comienza cuando la Eucaristía celebrada el domingo se reconoce en la manera como tratamos a los demás; cuando nuestra oración modifica nuestras decisiones económicas; cuando nuestra fe condiciona nuestra relación con el poder; cuando el Evangelio entra en la casa, en el trabajo, en la política, en la economía y en nuestra relación con la naturaleza: Allí comienza la comunidad.

¿Hay comunidades cristianas en el Ecuador?

No me atrevería a afirmarlo que no, sería injusto. En Ecuador existen probablemente miles de pequeñas experiencias que nunca aparecen en los medios ni ocupan los grandes escenarios eclesiales: mujeres que sostienen comunidades; catequistas que caminan durante horas; familias que comparten lo poco que tienen; personas que acompañan enfermos; grupos que protegen el agua; jóvenes que trabajan por otros; sacerdotes que viven cerca de su pueblo; religiosas que permanecen donde nadie quiere permanecer; laicos que defienden derechos sin esperar reconocimiento; personas que se niegan a odiar incluso en medio de la polarización.

Quizá allí continúa la viña del Señor, no necesariamente en los grandes edificios, ni alrededor del poder, ni en las ceremonias multitudinarias. La viña está creciendo silenciosamente allí donde aparecen los frutos.

La pregunta no es si hay viña del Señor en el Ecuador

Deberíamos cambiar la pregunta y en lugar de preguntarnos: ¿Existe la viña del Señor en Ecuador? deberíamos preguntarnos: ¿Qué estamos haciendo con la viña confiada? Porque el problema de la parábola nunca fue la viña; fueron los administradores que olvidaron quién era el dueño. La viña sigue siendo de Dios. Nosotros pasamos como pasan los gobiernos, los presidentes, los partidos, los empresarios, los obispos, los sacerdotes, las estructuras y nuestras pequeñas disputas por el poder, pero la incógnita que surge y se establece es terrible: ¿Dónde están los frutos de la vida ajena?

Porque donde revolotean los carroñeros, allí se encuentran los restos. Si nuestras comunidades producen justicia, fraternidad, misericordia, libertad, verdad, solidaridad, paz y dignidad humana, podremos reconocer algo de los frutos de la viña; pero si, después de tanta misa, tanta procesión, tanto sacramento, tanta predicación y tanta solemnidad, dejamos detrás una sociedad más indiferente, desigual, polarizada y deshumanizada, tendremos que atrevernos a preguntarnos qué estuvimos cultivando.

Porque quizá el juicio más duro sobre una comunidad cristiana no sea descubrir que abandonó sus prácticas religiosas, sino descubrir que conservó todas sus prácticas religiosas… pero dejó de producir los frutos de la viña de su Señor.

Fermín H. Sandoval