Una pregunta pertinente para la Iglesia en el Ecuador es ¿por qué la sinodalidad no cuaja?. Pues, la sinodalidad no puede reducirse a reuniones, consultas o estructuras de participación. Si no se comprende qué significa hacer pastoral, difícilmente puede cuajar una Iglesia sinodal. ¿Qué es la pastoral?
La palabra pastoral viene del latín pastoralis, derivado de pastor, “pastor de ovejas”. En el lenguaje cristiano se relaciona con la imagen bíblica del pastor que conoce, acompaña, protege, alimenta y conduce a su pueblo. Pero hay que tener cuidado, pastoral no significa simplemente que el sacerdote “haga cosas” por la gente.
En sentido teológico, podemos entender la pastoral como la acción concreta de la Iglesia en la historia para hacer presente el Evangelio y acompañar a las personas y comunidades en el camino hacia la vida plena en Cristo. Por eso, pastoral implica al menos cuatro dimensiones:
Escuchar la realidad: conocer la vida concreta de las personas, sus alegrías, sufrimientos, conflictos, esperanzas y preguntas.
Discernir a la luz del Evangelio: no basta describir la realidad; hay que preguntarse qué nos está diciendo Dios a través de ella y qué exige el Evangelio.
Actuar comunitariamente: buscar respuestas y realizar acciones que transformen la realidad desde la fe.
Acompañar procesos: la pastoral no consiste solamente en organizar actividades; busca generar crecimiento humano, espiritual y comunitario.
Aquí aparece el problema de una sinodalidad que “no cuaja”. Puede existir una Iglesia que tenga consejos pastorales, asambleas, reuniones, comisiones y consultas, pero que siga funcionando con una lógica fundamentalmente vertical. ¿Por qué? Porque la sinodalidad exige una conversión de la manera de entender la pastoral.
Si pastoral significa: “El sacerdote organiza y los laicos colaboran”, entonces la sinodalidad queda reducida a participación subordinada. Pero si pastoral significa: “Toda la comunidad cristiana discierne, anuncia, celebra, sirve y transforma la realidad desde el Evangelio”, entonces aparece una concepción propiamente sinodal.
Aquí está, a mi juicio, uno de los grandes problemas posteriores al Vaticano II: se recibieron muchas de sus estructuras y expresiones, pero no siempre se profundizó suficientemente en la eclesiología que las sostiene, dando la impresión que solo era una mera acomodación.
El Concilio Vaticano II recuperó una comprensión de la Iglesia como Pueblo de Dios, cuerpo de Cristo y comunidad convocada por el Espíritu. Lumen Gentium, especialmente en su capítulo II, coloca al Pueblo de Dios antes de entrar en la distinción entre jerarquía y laicos. Esto tiene enormes consecuencias pastorales. Por eso, la pregunta no debería ser solamente: ¿Cómo hacemos pastoral? sino: ¿Quién hace pastoral?
Y la respuesta conciliar conduce hacia una Iglesia en la que todos los bautizados participan, según su vocación y responsabilidad, en la misión de la Iglesia. Pastoral no es activismo. Este punto puede ser central para la reflexión, pues una parroquia puede tener una agenda pastoral llena: catequesis, sacramentos, reuniones, procesiones, campañas, cursos, grupos y celebraciones. Y, sin embargo, puede no estar haciendo una pastoral verdaderamente evangelizadora. Porque actividad no es necesariamente pastoral. La pastoral comienza cuando la comunidad se pregunta: ¿Qué está viviendo nuestra gente? ¿Qué necesita? ¿Qué heridas existen? ¿Qué está ocurriendo en nuestro barrio, comunidad o sociedad? ¿Qué nos pide el Evangelio ante esta realidad? ¿Qué podemos hacer juntos? Ahí comienza el discernimiento pastoral.
Y precisamente ahí se encuentra el vínculo profundo entre pastoral y sinodalidad. Una sinodalidad que no cuaja puede tener una de sus causas en que todavía no hemos realizado plenamente la transición de una pastoral entendida como acción de la jerarquía para el pueblo, hacia una pastoral entendida como acción de todo el Pueblo de Dios, que escucha la realidad, discierne comunitariamente a la luz del Evangelio y participa corresponsablemente en la misión.
En otras palabras: no habrá verdadera sinodalidad si solamente cambiamos las formas de reunirnos, pero no cambiamos la concepción de pastoral, autoridad, comunidad y misión. Esto permite abrir una pregunta todavía más profunda: ¿qué quedó realmente del Vaticano II en la práctica pastoral de nuestras parroquias y diócesis? Esa pregunta puede revelar por qué, después de décadas de hablar de renovación pastoral, todavía encontramos una Iglesia donde muchas decisiones siguen concentradas y donde la participación de los laicos continúa siendo entendida como “ayuda” más que como corresponsabilidad bautismal.