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A Proaño lo mataron con hiel…
lo entregaron a sus enemigos,
a esos
que por años destilaban envidia y veneno;
esos que morían de vanidad,
de pedantería;
esos, los poseídos del demonio:
ignorantes,
arrogantes,
altaneros…
los cancerberos del poder ecuatoriano…

Esos lo arrinconaron
y lo atragantaron de soledad y marginación.

El pobre viejo
pudo sentir el aguijón tétrico
de la indigencia,
del fantasma de Judas,
de las carcajadas de los cínicos.

El profeta convertido en loco,
acariciado y acuchillado
por la voracidad de las lenguas mojigatas…
Sentir la devastación
del absurdo martillo del impotente y del cobarde.
Sentir los mordiscos de las hienas,
recreándose con su desgracia,
convirtiendo su dolor en espectáculo,
como cuando un pendejo
se aprovecha de un pobre,
malherido y golpeado…

Lo nocivo del poder, salpicado de mal…
como una pintura enteramente oscura,
enteramente negra.

En ese cataclismo, ¿mirar al cielo?
Parecería una blasfemia.
¿Rezar con los ojos abiertos?
Una pretensión jactanciosa.

¿Qué queda?
¡Ansiar la muerte como una amiga!

—Tardas, Señor, en escuchar a tu hijo crucificado.
—¿Por qué?

La cruz no es cachivache,
es el surco abierto de todos los días:
preparar la tierra, discernir el tiempo,
agradecer las aguas…
hacer que broten la palabra y las sonrisas…
“Morir para que la muerte mate a la muerte”.

—¿Quién puede seguirte, Señor?
—Aquel que siente vivo su corazón,
quien se compadece, venda las heridas
y libera de demonios.
Proclama una comunidad de hombres libres,
la única manera de ser comunidad,

el único signo de la existencia de libertad
y la única senda hacia Dios.