Seguridad sin humanidad y la tentación de olvidar a los pobres
En el debate público ecuatoriano se repite una consigna: más cárceles, más control, más encierro. El presidente Daniel Noboa ha insistido en la necesidad de reforzar la infraestructura penitenciaria como respuesta a la crisis de violencia. Sin embargo, cabe preguntarse: ¿puede una sociedad construirse únicamente desde el cemento y el hierro? ¿Puede la seguridad reducirse al encierro sin una política estructural de trabajo, educación y dignidad?
La cárcel es una institución necesaria en un Estado de derecho. Pero cuando se convierte en el centro del discurso político, corremos el riesgo de que el horizonte moral de la sociedad se reduzca al castigo. Y una democracia que solo sabe castigar, pero no sabe integrar, termina administrando el miedo en lugar de promover la justicia.
La raíz del problema: pobreza y exclusión
La violencia no nace en el vacío. Se gesta en barrios sin oportunidades, en escuelas precarias, en familias atravesadas por el desempleo y la migración. Cuando el Estado no garantiza condiciones mínimas de desarrollo humano —trabajo digno, educación de calidad, acceso a salud y cultura— deja un terreno fértil para la desesperanza y la captura por economías ilegales.
El drama de sectores populares como Las Malvinas —símbolo de tantas periferias latinoamericanas— no es simplemente un problema policial. Es una herida social. Allí viven niños y jóvenes que no necesitan más rejas, sino más maestros; no más discursos punitivos, sino oportunidades reales de inserción laboral y participación comunitaria.
Si la única política visible es la construcción de cárceles, el mensaje implícito es devastador: “Ustedes no son ciudadanos en formación, sino sospechosos en potencia”.
El riesgo de una cultura que descarta
Cuando una sociedad empieza a tratar a los pobres como problema y no como sujetos de derechos, entra en la lógica de la exclusión. No se dice abiertamente que se quiere “desaparecer” a los pobres, pero se construye un sistema donde su vida parece prescindible, donde solo se les valora como mano de obra barata o como amenaza estadística.
La Doctrina Social de la Iglesia ha sido clara: la dignidad humana no depende de la productividad ni del origen social. El trabajo no es solo un medio de subsistencia; es un camino de realización personal y de contribución al bien común. Sin trabajo digno, no hay integración social. Sin integración, la violencia se reproduce.
¿Y la Iglesia?
Duele constatar que, frente a esta coyuntura, muchos ministros ordenados guardan silencio o repiten acríticamente el discurso del orden sin justicia. La Cuaresma es un tiempo oportuno para preguntarnos: ¿qué Dios predicamos? ¿El Dios del miedo y el castigo inmediato? ¿O el Dios que escucha el clamor del pobre?
El Evangelio no es ingenuo frente al mal, pero tampoco absolutiza la represión. Jesús no construyó cárceles; construyó comunidad. No negó la responsabilidad personal, pero puso en el centro la conversión del corazón y la restauración de la dignidad.
Una Iglesia que no alza la voz por los niños pobres, que no denuncia estructuras que generan exclusión, corre el riesgo de olvidar el núcleo de su misión. Y una Cuaresma sin conversión social se vuelve simple ritual.
Seguridad con justicia
No se trata de oponer seguridad y derechos humanos. Se trata de comprender que la seguridad auténtica solo es posible cuando existe justicia estructural. Construir cárceles puede ser necesario en un contexto de emergencia. Pero si esa es la única respuesta visible, el proyecto de país se empobrece.
Un Estado que invierte en empleo juvenil, formación técnica, prevención comunitaria y fortalecimiento del tejido social está construyendo seguridad desde la raíz. Un Estado que solo amplía el sistema penitenciario está administrando las consecuencias de su propio fracaso social.
Convertirse al Evangelio… también en política
La pregunta no es solo qué está haciendo el gobierno. La pregunta es qué tipo de sociedad queremos ser. ¿Una que neutraliza a los excluidos? ¿O una que los integra como protagonistas?
La Cuaresma invita a la conversión. Conversión personal, sí. Pero también conversión política y pastoral. Creer en el Evangelio implica creer que cada niño pobre tiene un rostro sagrado, que cada joven marginado es más que una estadística, que cada trabajador merece condiciones dignas.
Si el debate público se limita a cuántas cárceles construiremos, hemos reducido nuestra imaginación moral. El desafío es más profundo: ¿queremos un país de rejas o un país de oportunidades?
La verdadera seguridad comienza cuando la dignidad humana deja de ser un discurso y se convierte en política pública.