Un año desde que Ismael, Nehemías, Josué y Steeven —los Cuatro de las Malvinas— fueron desaparecidos, humillados, golpeados, desnudados, torturados, asesinados, ejecutados, quemados y, como si el horror no bastara, despojados incluso de sus órganos.
Un año en que sus nombres resuenan como una letanía amarga que la sociedad quisiera olvidar, porque mirar de frente este crimen implica aceptar algo más profundo: que en el Ecuador hay vidas que valen menos. Que hay cuerpos considerados descartables. Que la pobreza, la edad y el barrio sellan destinos que no deberían existir en una democracia que se atreve a pronunciar la palabra dignidad.
El horror y la culpa social
La desaparición forzada es siempre un crimen del Estado, incluso cuando los perpetradores no visten uniforme. Porque es el Estado quien debe proteger, garantizar, investigar y no permitir que nadie —nadie— quede fuera de la ley y de la humanidad. Pero lo que sucedió con estos cuatro muchachos fue más allá, fue una desposesión total de su condición humana, digamos otra vez: fueron arrebatados, humillados, maltratados, desnudados, golpeados, ultimados, quemados… y luego, para coronar el espanto, entregados sin órganos, como si sus cuerpos fueran botín de un mercado clandestino que opera gracias a la indiferencia colectiva.
La pregunta que debe doler es esta: ¿Cómo es posible que un país llegue a justificar la barbarie cuando las víctimas son pobres?
El relato que justifica la muerte
En estos meses, se han escuchado voces diciendo que “algo habrán hecho”, que “seguro estaban metidos”, que “cuando uno se junta con los malos, termina así”, que “no eran ningunos angelitos”.
Esa es la mentira más cómoda que repetimos para no enfrentar la realidad: no fueron asesinados por ser culpables, sino por ser vulnerables. Porque en ciertas zonas del país, nacer pobre equivale a nacer desprotegido y lo desprotegido es fácil de romper, de descartar, de enterrar en silencio.
Ecuador construyó un relato perverso, donde la muerte de un joven de barrio se vuelve casi un acto honorable, una limpieza, un mensaje. Como si la sociedad, harta del crimen, aceptara sin decirlo que algunos cuerpos pueden desaparecer “por el bien de todos”. Esa lógica es exactamente la del terror. Es exactamente la de los regímenes que degradan al ser humano hasta convertirlo en carne sin nombre.
Los niños que dejaron de ser niños
A Ismael, Nehemías, Josué y Steeven se los llamó “muchachos”, pero eran prácticamente niños.
Vivían en un país que les exigía ser adultos demasiado pronto. Tenían sueños torcidos por la urgencia, trabajos precarios, rutinas que no se parecen a la infancia que la Constitución dice proteger. Eran niños. Y se les trató como enemigos. El crimen contra ellos revela lo que somos como sociedad: un país donde el miedo ha devorado a la empatía, donde la rabia se disfraza de justicia, donde lo pobre es sospechoso y lo vulnerable es sacrificable. Por eso solo se habla de construir “cárceles” y de operativos a delincuentes.
La otra desaparición: la verdad
Si algo ha sido desaparecido —además de sus cuerpos— es la verdad. Las investigaciones iniciales fueron enturbiadas, manipuladas, retardadas y, en algunos momentos, tratadas más como un estorbo que como un deber público. El caso ha sido desfigurado, intervenido, convertido en un rompecabezas sin piezas claras. Se especula sobre mafias, complicidades, encubrimientos y omisiones graves. Pero, mientras tanto, sus madres viven en un limbo cruel donde las respuestas nunca llegan y la justicia se escurre como agua sucia.
Recordar para resistir
Recordar no es un acto sentimental, es un acto político. Recordar a los Cuatro de las Malvinas es negarse a aceptar la “normalización del horror”. Es afirmar que la vida de un joven de barrio no vale menos que la de un ministro o la de un hijo de un ricacho. Es declarar que ningún crimen se vuelve menos grave porque la víctima no tenía apellido ilustre.
Un año después, su memoria se vuelve una trinchera ética. Una frontera donde cada ciudadano debe decidir de qué lado está: del lado de quienes justifican, relativizan o minimizan la barbarie, o del lado de quienes creen que ningún país puede sobrevivir cuando permite que sus hijos más pobres sean mutilados, quemados, desaparecidos y olvidados.
Para que no se repita
Quizá no podamos cambiar todo hoy, pero sí podemos negarnos a callar, sí podemos exigir justicia, verdad, reparación y garantías reales. Sí podemos mirar a sus madres y decirles que sus hijos no murieron dos veces: no murieron en los hechos y no morirán en el olvido.
Porque un país que recuerda es un país que todavía puede salvarse. Y ellos —Ismael, Nehemías, Josué y Steeven— merecen que el Ecuador se salve.
frente al abandono de los barrios periféricos y sus pueblos; dentro de ellos su niñez o la niñez afrodescendiente surgen voces e iniciativas que impulsan la lucha justicia dignidad y reparación.