El Evangelio nos recuerda con fuerza: “¿Acaso un ciego puede guiar a otro ciego? ¿No caerán ambos en el mismo hoyo?” (Lc 6,39). La advertencia de Jesús no se reduce a una anécdota gráfica, sino que apunta a la responsabilidad de quienes quieren corregir o acompañar a otros.
La diferencia entre una pelusa y una viga en el ojo no es evidente para cualquiera. Se requiere una mirada entrenada, paciencia, disciplina y la capacidad de discernir. El que no se prepara, el que no estudia y no se ejercita en la autocrítica, no puede distinguir lo pequeño de lo grande, lo urgente de lo secundario. Esa ceguera espiritual y humana convierte en inútil cualquier intento de guía.
Jesús denuncia a quienes pretenden dirigir sin haber trabajado primero en sí mismos. Antes de corregir al hermano, es necesario limpiar la propia mirada. La pedagogía del Evangelio comienza en la conversión personal: solo quien reconoce su viga, y se atreve a sacarla con humildad, puede ver claro para ayudar a otros con sus pelusas.
Esto implica un proceso formativo. La conciencia no se ilumina por sí sola: requiere escucha, oración, estudio, paciencia y esfuerzo constante. El verdadero guía no es el que se impone como autoridad, sino el que ha aprendido a ver. Y ver es más que observar: es saber distinguir, discernir, reconocer con claridad.
En la vida personal, comunitaria y social, esta enseñanza es crucial. Un líder sin preparación arrastra a su pueblo al error. Un padre o madre sin autocrítica repite las cegueras de generación en generación. Un cristiano sin formación espiritual confunde convicciones propias con voluntad de Dios. Todos estos son ciegos que conducen a otros ciegos hacia el abismo.
Por eso el llamado de Jesús sigue vigente: comenzar por uno mismo, ejercitar la mirada, formar la conciencia, purificar el corazón. Solo entonces podremos ayudar con delicadeza a los demás, no como jueces duros, sino como compañeros de camino que saben lo que significa aprender a ver.