En la política ecuatoriana actual, todo lo que no está alineado con el círculo de poder de turno se convierte, de inmediato, en “la basura del correísmo”. Así lo expresó sin reparos Mónica Arosemena, figura cercana al oficialismo, al referirse a Roberto Goldbaum, empresario y padre de la primera esposa del presidente Daniel Noboa. La ironía es brutal: se utiliza una etiqueta despectiva para atacar a alguien vinculado directamente con la familia del propio presidente. Este episodio ilustra el nivel de banalidad con que se instrumentalizan los discursos políticos en el país: las etiquetas no tienen contenido real, solo sirven para descalificar y excluir.
Pero quienes creemos en una política auténtica —una que se construye en el marco del Estado de derecho, el respeto a la Constitución y la promoción de la libertad— no podemos dejar de denunciar esta degradación del debate público. Lo que se vive no es una lucha entre ideologías, sino un reciclaje sistemático de élites y caudillos, donde las lealtades son cambiantes y el oportunismo es la única constante.
No importa el nombre del líder o el color del partido. Ayer fueron “lassistas”, “mahuadistas”, “hurtadistas”, “febrescorderistas”, “morenistas”, “ayalamoristas”; hoy son “noboístas”. Todos han representado la misma lógica de concentración del poder, desprecio por el pensamiento crítico y uso instrumental del aparato estatal para beneficio de sus propios círculos. Lo ideológico es apenas un decorado: los que se proclaman de izquierda hablan de justicia social mientras reproducen esquemas autoritarios, y los que se dicen de derecha defienden el libre mercado mientras protegen monopolios y privilegios.
En este contexto, la clase política ecuatoriana parece más útil como material de compost que como agente de transformación. Solo desde ese símbolo —el del reciclaje natural de lo inservible— podríamos pensar en una regeneración auténtica del sistema.
Educación: raíz del deterioro, clave del cambio
Sin embargo, esta decadencia política tiene una raíz más profunda: el sistema educativo. No basta con cambiar nombres en las papeletas si el ciudadano sigue educado para obedecer, callar y repetir. Nuestra educación, heredera de un modelo colonialista, no ha formado ciudadanos libres, sino súbditos: gente que acepta sin cuestionar, que no cree tener derecho a decidir y que ha sido convencida de que su lugar está en la pasividad.
Desde escuelas laicas hasta instituciones religiosas, se ha impuesto una pedagogía de sumisión, donde la crítica es peligrosa y la obediencia, virtud. La educación no ha sido el camino a la libertad, sino el mecanismo para reproducir castas: los que mandan y los que deben subyugarse. No es casual que, frente al fracaso ético de nuestra política, muchos miremos hacia las aulas: allí se gestan, o se inhiben, las virtudes ciudadanas.
Y aquí, los docentes tienen una responsabilidad ineludible. No podemos seguir tolerando la mediocridad pedagógica, el adoctrinamiento religioso o ideológico, ni la apatía moral de quienes deberían formar a las nuevas generaciones. El reflejo de este fracaso es una ciudadanía confundida, desmovilizada y sin identidad clara: una nación en estado larvario, que apenas atisba su propio rostro.
Libertad, dignidad, conciencia
El Ecuador no necesita otro salvador ni otra campaña. Necesita un giro radical en su conocimiento y responsabilidad de los ciudadanos, por tanto una revolución educativa que libere en lugar de domesticar. La política auténtica solo es posible cuando hay ciudadanos capaces de pensar, dialogar y ejercer su libertad con responsabilidad. Solo entonces podremos hablar de justicia, progreso y democracia sin que suene a mentira.
Y para eso, necesitamos menos consignas y más educación transformadora. Menos caudillos y más ciudadanos. Menos etiquetas y más verdad. Lo demás —lo que hoy se repite como farsa— que vaya al compost.
El rol de los medios: entre libertad y esclavitud
En este proceso, no podemos omitir el rol de los medios de comunicación. En su mejor versión, son pilares de la democracia: informan, educan, denuncian, equilibran el poder y amplifican las voces de los excluidos. Pero cuando se entregan al poder político o económico, se convierten en los nuevos amos del lenguaje, fabricantes de realidades paralelas, guardianes del relato oficial. Los medios pueden levantar a un pueblo o hundirlo en la ignorancia; pueden fomentar ciudadanos libres o producir masas manipuladas. Por eso, donde no hay prensa libre, crítica y responsable, no hay democracia, sino una esclavitud disfrazada de orden.