Seleccionar página
Imagen de Shamán Quillasinga (siglo XIV). Huairaquilla, Colombia, 2013 

La preferencia política -en mi caso- es el socialismo, pero como este es utópico, es decir no tiene lugar en el mundo real; porque el mundo real depende de la voluntariedad de la acción humana y a ningún ser humano se le puede exigir actuar en contra de su voluntad u optar por lo que otro percibe como un “bien”. Mientras, el liberalismo es un sistema que promueve la libertad de los seres humanos e impide que los unos se imponga despóticamente a los otros; por tanto, esta opción, exige la constitución de un pacto de convivencia, basado en la tolerancia y el respeto mutuo.

El liberalismo, como preferencia política, significa considerar ridículas las pretensiones de quienes proclaman: «verdades absolutas”. Morbos, por desgracia, no ficticios y que incuban todos los totalitarismos o fascismos de izquierdas y de derechas. Los totalitarismos, simplemente, imponen arbitrariedades las decisiones de unos en prejuicio de otros; estas posturas, al final, terminan en establecer los caprichos de unos pocos sobre la mayoría.

La opción por el liberalismo -obvio- no es por el relativismo, o al menos, no entendido como pirronismo. Sí existe una verdad ha cuidar, esa es la vigencia de la libertad y aquello que la promueva. Este principio, es ciertamente religioso, pues el ser humano no se realiza en la esclavitud y no hay peores monstruos que los seres producidos por la mutilación de la libertad. Ojalá, la muerte, nos encuentre como seres humanos libres, es decir, como quienes han aprendido a amar profundamente la libertad y, precisamente, por eso saben amar y ser libres.