Título: El Conde. Director: Pablo Larraín. Guion: Pablo Larraín y Guillermo Calderón.País: Chile. Año: 2023. Género: Sátira política, humor negro, terror gótico.Fotografía: Edward Lachman (blanco y negro). Producción: Fabula. Duración: 110 minutos.
El Conde imagina que Augusto Pinochet no murió, sino que es en realidad un vampiro de 250 años, nacido en la Francia prerrevolucionaria y alimentado, a lo largo de los siglos, de los miedos, la sangre y el orden social que deriva de la opresión.
Cansado de vivir, Pinochet decide morir definitivamente, pero sus hijos —codiciosos y decadentes— llegan a la mansión para asegurar la herencia. Contratan a una joven monja-contadora, que llega con el pretexto de ordenar las cuentas, pero en realidad es una agente enviada para desenmascarar los crímenes económicos del dictador.
En la mansión se da una batalla moral y simbólica entre: el vampiro-dictador que quiere morir, su familia corrupta que quiere quedarse con todo, la monja, que busca la verdad y un mayordomo que conoce demasiado bien los secretos del poder.
La película mezcla la sátira política, la metáfora vampírica y la crítica social, mostrando que el poder no muere: se reinventa en nuevos cuerpos, herederos, tecnócratas y “servidores” que viven del sistema que dicen combatir.
El ascenso social como “trapeador” de los poderosos.- Uno de los temas subterráneos más poderosos de El Conde es la economía moral del servilismo: cómo ciertas personas escalan socialmente no por mérito, sino por convertirse en instrumentos dóciles del poder, incluso cuando ese poder es criminal, corrupto o abiertamente diabólico.
El vampirismo como metáfora del sistema.- El vampiro no solo es Pinochet; es una estructura social que se alimenta del miedo, la obediencia, la normalización del abuso y, sobre todo, la cooperación de quienes buscan “quedar bien”. El que asciende, asciende porque se deja chupar, y a la vez chupa un poco del privilegio ajeno.
El mayordomo: una clase social que vive del amo.- Una de las figuras más interesantes de la película es Fyodor, el mayordomo ruso, que conoce todo, calla todo y sirve a Pinochet con una mezcla de miedo, comodidad y admiración perversa. Fyodor representa a los que se vuelven indispensables para el poderoso, absorben su ideología y terminan participando del mal a cambio de privilegios.
Esta figura —muy latinoamericana— muestra cómo las dictaduras y las élites económicas se sostienen gracias a toda una red de trapeadores institucionales, gente que hace el trabajo sucio, legitima, administra, carga con las culpas prácticas.
Los hijos: la herencia del servilismo.- La familia de Pinochet es retratada como parásita, interesada, incapaz de construir nada y profundamente acostumbrada a vivir del saqueo. Representan la segunda generación del servilismo: los que no hicieron nada, pero reclaman todo porque creen que su apellido es un “derecho natural”. En ellos se ve la corrupción del bien común: la riqueza que debería beneficiar a un país entero se reduce a una herencia familiar.
La monja-contadora: ascenso por pureza o por utilidad.- La monja, con su juventud, eficiencia y pureza aparente, es aceptada por la familia no porque la respeten, sino porque la necesitan. La película evidencia cómo los poderosos integran a su círculo a personas que “hacen el trabajo, justifican económicamente el abuso y dan un aura de moralidad al sistema. El ascenso de la monja es posible porque es útil, no porque sea buena. La utilidad al poder abre puertas que el mérito no.
La estructura social que necesita trapeadores.- Larraín sugiere algo muy profundo, sin servilismo, no hay dictador. Un dictador sin contadores, militares aduladores, jueces obedientes, tecnócratas sin alma, periodistas dóciles, empresarios oportunistas no puede sostenerse.
La pregunta implícita que deja la película es ¿Quién tiene más culpa: el vampiro que chupa la sangre (que quita la vida) o quienes le tienden el cuello?
La moral invertida del ascenso.- En El Conde, los personajes que ascienden renuncian a su ética, aceptan ser usados y se vuelven cómplices del mal. Larraín denuncia que en América Latina, muchas veces el ascenso social no es fruto del trabajo honesto, sino de convertirse en herramienta de los poderosos, aceptando tareas indignas a cambio de una migaja del banquete.
El Conde desnuda un modelo de sociedad donde los poderosos sobreviven gracias a los que renuncian a su dignidad para acercarse al poder. El vampiro Pinochet no es solo una figura histórica: es el símbolo de una estructura que se alimenta del servilismo. La película denuncia que los monstruos políticos no nacen solos: se fabrican con la colaboración activa de quienes prefieren ser trapeadores antes que ciudadanos libres.