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Deshielo en una de las paredes del la cumbre norte del Volcán Rumiñahui, cantón Mejía

 Los indios, en los
predios de la serranía ecuatoriana, gracias a la encomienda española, quedaron
como parte de la tierra, como una carga y bajo la supervisión de un patrón (un
amutaiticu) que debía educarlos), por
quien rogaban a Dios, para que sea bueno con ellos. Un sistema, que en el
Ecuador se ha mantenido en la Iglesia, desde aquellos días en los cuales los
sacerdotes tenían un rol específico en esa sociedad, como bien lo describe
Leonidas Proaño en
El ovejero (1930-1936),
 una pieza idílica y bucólica, hasta la
natural introducción de la figura una fiera sanguinaria (un monstruo) que
desgarra y mata al pastor.
La poesía El ovejero presenta un desarrollo en
tres partes: la primera, sitúa la acción y presenta los personajes; la segunda,
ilustra la acción del ser pastor y su destino; mientras, la tercera, la
presencia de la bestia que irremediablemente mata al pastor; para concluir con
una estrofa donde el autor comparte su deseo, casi imposible -por el tono que
utiliza-, de que el desempeño del sacerdote católico deba ser desplegado con la
sencillez de aquel hombre –el ovejero- muerto por cuidar a las ovejas y a quien
visita en su tumba.
Estremece considerar
el drama subyacente en el poema El
ovejero:
si un pastor no muere por las ovejas, solamente las estaría
engordando para beneficiar al patrón, pero si la bestia mata al pastor, las
ovejas quedan a merced de la aquella fiera, para que las devore, despedace y
disperse. ¿Qué es, entonces, un pastor? y ¿qué es el patrón y que es la bestia?
Queda sonando en un eco absolutamente triste: la falta que hará aquel joven a
su abuela y la necesidad de buenos sacerdotes con un compromiso de verdaderos
pastores: que compartan el destino de las ovejas.
El
ovejero
Era en el dorso de la sierra
andina…
Un retazo de tierra Imbabureña
Incubado por los soles generosos,
fecundo y verde como solo es
ella;
sembrado de maíces y de trigos;
con lomas y mesetas,
con árboles silvestres;
regado con hilillos de agua
fresca;
un retazo escondido,
un retazo de tierra imbabureña,
un retazo olvidado en el
silencio,
pero lleno de vida era la Aldea.
Una que otra cabaña
sembraba aquí y allá por la
pradera,
cobijaba, aunque mal, bajo su
techo
a los indios gañanes de la
hacienda.
El patrón era bueno,
la vida de los indios llevadera,
y aunque terrenos propios no tenían,
los indios cultivaban esas
tierras.
El pan no les faltaba, porque el
cura
-un viejecito amable, faz
risueña,
de corazón muy tierno,
vida humilde y austera-
 al patrón predicaba sus deberes,
salía de los indios en defensa,
el pan del Evangelio
también les daba él mismo y en su
lengua.
Era él padre y madre,
el alivio en sus penas,
su amigo y su pastor, su
confidente,
su consuelo y sostén en la miseria.
***
Un indiecito joven, casi niño,
de bien formado cuerpo;
un indiecito de costumbres puras,
de ojos claros y bellos,
de corazón ardiente
y hondamente sensible es ovejero.
No tiene padres ¡ay! no tiene
padres:
Huérfano se quedó desde muy
tierno;
solo tiene una abuela cariñosa
que le cuida la ropa y el
almuerzo.
Para la anciana abuela y las
ovejas
son todos sus afectos:
 por su abuela trabaja
y a las ovejas las conduce al
carro,
entre tonadas tristes
que exhala de su flauta por los
huesos.
Un día el viejo cura de la Aldea
en las verdosas faldas
de una colina, hallóle
pastoreando
y tocando su flauta.
Moviéronle las notas
y le arrancaron lágrimas…
¡Merecen recompensa
las emociones santas!…
El cura se le acerca y le
pregunta…
y, emocionado le habla:
del Pastor que murió por su
ovejas
le cuenta la parábola.
Lloró el indio, al oír. Todo el
sentido
tal vez no comprendió la parábola;
pero ¡él también se siente
pastor de su manada!
También el es capaz de dar la
vida
como aquel buen pastor. Y
mientras baja
el cura de  la Aldea,
-Mi vida también puedo entregarla
por mis ovejas- piensa,
mientras lloran sus ojos y su
flauta.
***
Y un día de llovizna,
un día de tristeza,
el indiecito de los ojos claros
dio la vida de verdad por sus
ovejas.
De allá, de la montaña,
de en medio de la selva,
a pasearse salió por la llanura
una terrible fiera.
El indio recordaba cada día
al pastor que murió por las
ovejas,
porque el recuerdo le llenaba el
alma
de dulce gozo, de emociones
tiernas.
Y el día de tristeza y de
llovizna
no le faltaron las fuerzas:
al ver acometido a su rebaño,
por la sangrienta fiera,
salió al frente animoso
¡a morir defendiendo a sus
ovejas!..
……………………………………
Su cuerpo hecho pedazos
Recogieron después los de la
Aldea
y, entre llantos le dieron
sepultura.
¡Sin Pastor las ovejas!…
¡sin su nieto la anciana!…
¡el campo con tristeza¡…
Y yo sobre su tumba meditando,
exhalé este deseo:
¡si se pudiera hacer pastores de
almas
de tantos ovejeros!…
1930 -1936