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Dibujo Fabián Latorre, libro Quedan los árboles que sembraste, Riobamba, 1984


La
cuestión ¿cuáles son las voces que suena en nuestra conciencia? es importantísima,
pues de ella depende de la libertad personal. Cada ser humano ha quedado
marcado o estigmatizado por las voces (los significados captados o configurados
en su conciencia) de aquellos con quienes compartió su existencia,
especialmente en los primeros años.  Aunque,
algunos sostengan que en el corazón humano existe una especie de parlante como
si fuese una línea directa con un ser divino, lo concluyente es que en la interioridad
humana actúan los significados y las palabras inculcados en la cabeza en cada
sujeto.
Cantar a la Virgen
es un poema de Leonidas Proaño, seguramente inspirado -como dice- de una poesía
de un novelista y poeta español, Ricardo León y Román (Barcelona, 1877 –  Galapagar, 1942), quien en 1919 publicó Los caballeros de la Cruz.  Esta poesía de Proaño rememora la práctica
contemplativa de una imagen; por desgracia, las figuras de María, madre del maestro
de Nazareth, y  la de Jesús niño no
tienen los rasgos mestizos americanos sino que aparecen unos “ojos azules”, que
permiten percibe un canon estético inculcado o impuesto. Todo esto, será corregido
al contemplar desde el Evangelio, la figura del Señor resucitado que habita
entre sus hermanos; preconizando la indisolubilidad entre el amor a Dios y el
amor a los hermanos, igualmente, que se anota que el único camino para conocer
el amor a Dios en el amor a los demás.
Cantar a la Virgen
Imitada
de una composición que se halla en: “Los Caballeros de la Cruz”, de R. León.
Tiene
en sus brazos María
al
niño de sus entrañas,
que
obligándose a ser hombre,
lágrimas
como él derrama.
Tan
pronto niño bendito
del
dolor la copa amarga
tus
lindos ojos azules
con
triste llanto los baña.
No
tengo ricos palacios,
ni
siquiera humilde casa
en
que libre pueda verte
del
frío y de la desgracia.
Sólo
tengo mi regazo
que
te abriga y te regala…
¡No
llores, hijo querido
no
llores, hijo del alma!
Tranquilo
se queda el Niño
al
oír tales palabras,
y
por respuesta dirige
a
su Madre una mirada.
Su
frente poquito a poco
de
sueño se halló cargada,
y
de este modo la Virgen
con
voz dulcísima canta:
“Angelitos
alados
bajad
del cielo
y
de mi tierno Niño
velad
el sueño.
Para
abrigar a mi hijo
yo
nada tengo,
con
vuestras suaves alas
cubridle
preso,
y
de mi tierno Niño velad su sueño.
Con
bien temible furia
arrecia
el viento,
que
su carita azote
¡cuánto
yo temo!
¡Ay
de mi tierno Niño
velad
el sueño!”
Mayo
3 de 1928