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Rafael Correa
perdona el “delito” probado –dicen- por los abogados del Presidente y valorado como
tal, por los jueces ecuatorianos. Se trata del delito de decir mentiras para
desprestigiar a una persona (Rafael Correa), a un gobierno (Revolución
Ciudadana) y a un estado (El Ecuador), cometido por “los directivos del
Diario El Universo y los autores del
libro
Gran Hermano”. Comportamiento
condenable es el de estos transgresores, también por la mala practica del
periodismo, que opaca el campo de acción en conformidad con la ley de la
libertad de expresión y pensamiento.
Después de
una encomiable lucha, con el mismo Correa dice en la proclama del perdón, la
clemente y magnánima decisión de “perdonar a esos infractores” suena como el
guion de una historia de la antigüedad de griegos o de romanos: En la arena,
después de que el gladiador –injustamente sometido a esa condición- superaba
los golpes de los contrarios y las garras de las bestias, el Emperador –suenan
las trompetas- atendiendo los gritos, los aplausos o las pifias de los
asistentes, concede con el giro de su pulgar –como hacemos hoy con el Facebook-
el gusto o el disgusto: la vida o la muerte.
Pero, el
despotismo de los Emperadores es un problema y grave. Nadie puede estar sobre
la ley. ¿La ley debe cumplirse de lo contrario para qué sirve? Eso se entiende,
por ejemplo, de la conducta de Sócrates (padre de la Ética, que dicen respetar
algunos):  A sabiendas del carácter del “bien”
de su actuación –enseñar a pensar a los jóvenes, con el método de la mayéutica-
Sócrates acepta haber trasgredido la ley (según el veredicto de los jueces) y
por ello debe morir. Una ley religiosa, que obligaba a todos a ser piadosos, a
adorar a los dioses, con reato de muerte a quien diga lo contrario. Por esa
trasgresión el viejo maestro debe beber la cicuta, debe morir, y así lo hace
(Apol. 35 c-d). ¡La ley debe cumplirse!.
En el caso el
ciudadano Rafael Correa, tal vez debe ser enjuiciado por violación a la ley al
haber concedido el perdón a quienes  –dice-
han vituperado la dignidad de su persona, de su Gobierno y de nuestro Estado,
además de agredir la expresión justa del pensamiento –ámbito, que es gravísimo-
con su mala practica del periodismo. ¿Quedaran sin castigo esos transgresores?
Ciertamente, la conciencia de la indignidad del malvado es el verdadero castigo,
pero no hablamos de conciencia –que se confiese- hablamos de la ley, de la
vigencia de la ley. En mi modesto parecer, este acto de Rafael Correa le descalifican
como demócrata y confirma –una vez mas- que en la escena política ecuatoriana,
se asemeja a una payasada donde los protagonistas son de la misma clase –los
oportunistas que han explotado la gente, las tierras y los recursos- mientras
los pobres nos reímos y aplaudimos, desconcertados por los chistes. Luego nos
quejamos, incluso lanzamos piedras, como muestra que pagamos la entrada al
espectáculo, pero seguimos votando por los mismos comediantes –aunque cambien
de nombre-, pues quizá estamos habituados a la
 cháchara.