Han pasado casi veinticinco años de la primera vez que pregunté : ¿por qué ocurría la devaluación de la moneda y de qué dependía el valor del dinero? La pregunta que formule a mi profesora de economía política recibió como con respuesta un sincero “no sé”. Todavía, recuerdo los gestos de sorpresa en el rostro de la licenciada; me parece, que ella no esperaba una pregunta como esa, especialmente de un alumno de la rama técnica: de los electricistas.
Los EEUU de Richard Milhous Nixon el 15 de agosto de 1971 decidieron abandonar la convertibilidad del dolar en oro e introducir a nivel mundial una novedad económica: sustituyo el respaldo de la moneda. Antes de la decisión de Nixon el respaldo de la moneda era el oro que sustituido por el valor que le concede el mercado, esto es por la demanda y la oferta: a mayor demanda o menor oferta sube su valor y a menor demanda o mayor oferta baja su valor. Este curioso artilugio, sirve para vaciar el valor “real” de cualquier producto y sustituirlo por el valor que le concede el mercado de la oferta y la demanda.
La facinerosidad de este sistema está, no solamente, en la manipulación del valor de los productos según la especulación de la “Bolsa de valores” (significa, por ejemplo, que el oro no vale nada si nadie lo compra y una pluma de un colibrí valdría mucho si hay muchos compradores), sino en la establecer una absoluta dependencia de toda la producción al susodicho mercado y por lo tanto la transformación de todo en los valores que son asignados en “el juego de la oferta y la demanda” que los corredores en las Bolsas de valores, que quiere decir, que cualquier cosa que no recibí una valoración del mercado simplemente no existe o es marginado.
Después de cuarenta años y gracias al endeudamiento de los estados “poderosos”, que paradójicamente son los mas endeudados (quizá constituir esta apariencia de poderosos era una de las razones para establecer el sistema); el sistema económico de mercado no trabaja en el presente sino en el futuro: por ejemplo, concede prestamos en función de lo que se puede ganar -se vende el producto ante de la producción-, lógicamente, por este servicio se debe pagar unos intereses y así este sistema de mercado se une con el antiguo capitalismo. Así, también los Estados se convierten en empresas que deben establecer estrategias para su venta (certificados) y en función de eso reciben prestamos que les permitirá realizar sus negocios, pero cuando no logran cumplir con las expectativas, igual deben pagar el servicio. En esta crisis, los acreedores de los estados se dan cuanta que estos (Italia, España e incluso los Estados Unidos) no podrán pagar sus débitos porque no pueden acceder a mas crédito o sea para realizar mas negocios. !Aquí la crisis! Estos grandes deudores eran sujetos de crédito (calificado AAA) que no significaba que tuvieran plata sino astucia para negociar y poder pagar siempre, aunque sus deudas sea inmensas.
El sistema del mercado logra engatusar a muchos (incluso, al parecer, con óleo y bendiciones), especialmente aquellos ingenuos, que como decía el teólogo Francisco de Victoria en el siglo XV, nacieron para la servidumbre o sea nosotros, los de la America, que desgraciadamente o hemos tenido como representante gente tarada o insaciables pillos avariciosos: “vende patrias”. ¿En realidad necesitamos entrar en ese mercado? Me parece que deberíamos intentar aprovechar los recursos y generar una riqueza propia: una vida de calidad, que los grandes y endiablados millonarios del mercado no pueden disfrutar. Obviamente, comprendo que mi modesta opinión lejos de la técnica de las herméticas ciencias económicas, encontrará opositores que comenzaran a descalificar e insultar porque detrás de este juego está la plata y ya se sabe: “por la plata baila el perro”.
