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La semana pasada visité Roma, después de diesis años de la primera vez que conocí la ciudad del Papa; recuerdo que esa vez asistí a un simpatiquísimo curso de arqueología cristiana con un profesor al caso, se llamaba Primitivo. En esta ocasión, encontré por lo menos tres ciudades en Roma:
La primera es la ciudad hecha por comerciantes y para turistas, donde se muestra todo con premura y todo está hecho para la venta; es la ciudad del comercio y de la moda, de las masas y de las colas, del caos, del montón de cascotes arqueológicos, de las mesas de restaurantes en las calles, del metro, del trole y de los autobuses repletos y apretados. Todo hecho para visitantes que portan unos cuantos dólares. Esta ciudad me resultó pesada, molesta y profundamente inhumana.
La segunda, en cambio tiene la sonrisa de la naturaleza y será por los amigos que habitan en el COE de Monte Mario que me resultó una maravilla. Casi me es inconcebible aceptar  que pueda existir vecina a una gran ciudad una casa con un jardín y un huerto, donde se respira y se siente un aire del campo, desde donde se puede acudir a gustar del futbol en el estadio olímpico o escuchar la misa del Papa en el Vaticano. Esta ciudad me resultó deliciosa, cautivante: ¡hermosa!
La tercera es la ciudad secreta que se descubre a las orillas de Tiber. Esta ciudad parece ajena al bullicio de la compra y venta del comercio y de las ansias y esperas de los turistas. Es un sitio donde el río se nota cansado por el color de las aguas pero que recorre sereno, constante y fuerte, sin perder el hálito de inspira a un pintor a extender colores sobre el lienzo o a un poeta a escribir versos en las paredes bajo un puente.  
Seguro, se podrá encontrar otras ciudades en la misma Roma, tal vez en algún sitio se encuentre la ciudad de la fe o la ciudad del débito por todas las cosas que guarda, como por ejemplo, el oro americano (latinoamericano) oferto por los reyes españoles o cualquier obelisco del antiguo Egipto, portado por algún emperador del pasado.
Compré como recuerdos de estos pasos por Roma: cinco postales (dos de Marilyn Monroe) y el último libro de Teología Moral. La ciudad de Roma tiene para mi ese gusto de los buenos amigos de COE, del abrazo de Doro y de Sión, también es la ciudad de cualquier gato que ve como los niños hacen barcos de madera y los dejan navegar en competencia aguas abajo del Tiber.