Me acompaña la música magistral de Carlos Santana que me recuerda que se puede expresar con fuerza el sentimiento latino como también lo hacen la poesía de Miguel Ángel Asturias o la novela de José María Arguedas; mientras, los ciudadanos italianos y sobre todo los católicos sienten la vergüenza de un gobierno, a cuyos principales se les acusa de pedofilia y de promoción de la prostitución de menores, de enriquecimiento truculento y otros vicios. Las imputaciones recaen en los supuestos ejecutores de las fechorías, en sus colaboradores y también deberían incluir a quienes no han hecho nada para remediar la penosa lacra.
Lo desagradable de esta situación es que este dice ser el primer mundo y tienen cátedras de enseñanza, incluso se dan el lujo de publicar encuestas de los países más corruptos.
En mi opinión en Italia, como en el Ecuador u otros países, los escándalos tienen el efecto alucinógeno para extraviar o al menos desviar la atención de los ciudadanos de los problemas de fondo e importantes. El vértice de esta calamidad se encuentra –es mi parecer- en la debilidad de las democracias que son confundidas con el poder de la mayoría y que termina siendo el manejo mañoso y arbitrario de los más astutos, bribones y facinerosos. Lo paradójico es que existiendo tantas instituciones de educación superior y tanta accesibilidad de hombres y mujeres a las aulas universitarias no exista un verdadero crecimiento en la participación e instauración de verdaderas democracias.
El sentimiento latino que trasmite Santana, Asturias o Arguedas tiene el nombre solo de una parte (“latino”) y se espera que aquello que inspira el arte de estos hombres, que es propio y radical, también inspire al arte de la política desde la comprensión y el establecimiento de verdaderas democracias que respeten y promuevan las libertades y no sean solo slogans publicitarios.
