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La Sede Apostólica concede a Mons. Raúl Vela Chiriboga, Arzobispo Emérito de Quito, el uso del bermejo cardenalicio, igual que designó a Mons. Fausto Trabes a la Sede Primada del Ecuador. Interesante decisión. Hasta ahí la noticia, sobre su rol en la Iglesia y en la sociedad es justo abrir un interrogante. ¿Qué he leído de los personajes? poco. Bueno, al menos los apellidos me llevan a centro del país, con seguridad los del primero al Chimborazo, a la Sultana de los Andes, la Bella Riobamba –donde, como decía las malas lenguas, ni la papa es chola- y los del segundo a un pueblo enclavado en las laderas sur de los preciosos Illinizas, el Toacazo de tantos queridos recuerdos.

La verdad, debo confesar, que mi escaza simpatía por la figura episcopal  está marcada por la fama y el trabajo del rígido y laborioso Mons. Federico González Suárez, del preocupado y diligente Mons. Cesar Antonio Mosquera y del sencillo y profundo Mons. Leonidas Proaño. Las otras figuras con su importancia quedan, por ahora, en mi baúl de espera para justipreciarlos despacio, no puedo omitir mi selección especial que acompaña a la eminencia a quien el suspicaz y nada hipócrita Juan Montalvo catalogo en la Mercurial.       

Alguien, con mala leche –como dicen los españoles a la mala fe- calificaba a este momento de promoción episcopales en el Ecuador, como parece suceder en otros países latinoamericanos, de una voraz carrera por alcanzar el poder de parte de un grupito dentro de la Iglesia. No comparto esa opinión. La mía es aguardar, como todo cristiano ecuatoriano, un desempeño episcopal lúcido y bien intencionado que promueva con seriedad un rostro maduro de la Iglesia (iglesias particulares) que peregrina en las tierras del Ecuador. Un rostro desde la propia riqueza cultural que deje al menos la máscara de limosnera. ¿Pedimos imposibles?

La respuesta a la pregunta depende a quién va dirigida. Ruego, como Montalvo, mantener la coherencia de la pluma, abrir y colaborar con espacios y tareas de crítica seria y comprometida que no socape la mediocridad ni sea cómplice de la infertilidad inútil. Un espacio de comunicación que sepa remover y abonar, que no se consuele o regocije en la miseria, que no marque su empeño en destruir.